UE: cada cual atiende su juego
Gran Bretaña, Alemania y Francia están mostrando más diferencias que similitudes en la forma de encarar la crisis que se desató a partir del derrumbe griego. El resultado será un bloque políticamente lejano y económicamente debilitado.
El drama griego ha puesto en evidencia el peso de la historia y de las estructuras políticas en los principales países europeos. En efecto, apenas se observan las reacciones de Londres, Berlín y París, se constata que muy poco ha cambiado desde el lanzamiento del proceso de integración, hace exactamente sesenta años.
Gran Bretaña desde la Guerra de Suez -1956- definió una alianza estrecha con los EE. UU. y optó por no ser parte de la Comunidad, sólo ingresó al club europeo cuando advirtió el costo del aislamiento, asumiendo una membresía híbrida que mantiene hasta la fecha: dentro de la Unión y fuera del euro. Desatada la crisis griega, los laboristas ayer y los conservadores hoy tomaron distancia del salvataje y apenas asumido el nuevo gobierno de David Cameron, Gran Bretaña "renovó sus votos": en vez de viajar a Bruselas, el nuevo ministro de Relaciones Exteriores, W. Hague -un antieuropeísta connotado- se trasladó a Washington con una agenda de seguridad "clásica-Otaniana". Está claro que el cálculo no estuvo ausente: en código realista, al sentirse económicamente expuesta y acosada por una Europa que avanza sobre la regulación de los "hedge funds", el epítome de la City londinense, Londres, especula con el apoyo de Obama si la defensa de la libra lo llegara a requerir.
En Alemania la reacción del gobierno de Angela Merkel remite al pasado lejano y reciente. Inflación y guerra son sinónimos para un país que construyó su identidad de posguerra sobre un pilar: la fortaleza de la economía expresada en su moneda, el marco. Para los alemanes vale más la estabilidad que la solidaridad. Por esa razón la ayuda a Grecia nunca encontró apoyo y así se explica la excesiva demora del gobierno germano para avalar el plan de salvataje, que la canciller justificó con el argumento de proteger a Alemania salvando al euro. Esta ambigüedad germana complica el futuro. Bien se ha dicho que la ayuda europea, acompañada por el FMI como reclamó Berlín, sirvió para ganar tiempo. Ahora, cuando se trata de imaginar las medidas de fondo, la posición que adopte Alemania resulta decisiva.
Hasta la fecha el mundo de la política está escindido. Los liberales, socios del gobierno, son incapaces de ir más de allá de una consigna ideológica e insensata: bajar los impuestos. Los demócratas cristianos basculan y la oposición socialdemócrata y la "verde" se aferran con matices al viejo sueño europeísta, que también anida en la identidad germana de posguerra.
Como suele ocurrir, el velo ideológico habita en esa geografía: mientras la llamada "regla alemana" consiste en inscribir en la Constitución el compromiso de arribar al año 2016 con un déficit estructural inferior al 0,35% del PIB, no puede soslayarse un dato que resultó decisivo a la hora del mega plan europeo: según un Informe del Barclays Capital, casi treinta mil millones de euros de la deuda griega están cargados en los balances de los bancos alemanes, correspondiendo la mitad de esa cifra a entidades financieras controladas por el Estado. Sólo el Hypo Real Estate Holding posee el 30%.
Finalmente en Francia, "autor intelectual" del proyecto integracionista y del Tratado de Maastrich fundante del euro, el debilitado gobierno de Nicolás Sarkozy defiende un modelo económico fuertemente asociado al Estado. El retraso francés se mide, básicamente, en su estructura productiva que cuenta con un perfil industrial basado en sectores con alta densidad de capital y tecnología (por ejemplo, centrales nucleares, armamento, material de transporte) y muy bien posicionado en el "mercado del lujo".
La lectura francesa de la crisis se aferra a la necesidad de preservar la integración europea, entendiendo que sólo ella les permite a esas potencias regionales contar con una masa crítica -política y económica- que les habilita el desempeño destacado en los capítulos centrales de la agenda internacional: medio ambiente, negociaciones comerciales, energía, seguridad y las complejas relaciones con el Asia y los países BRIC. Miembro del "motor europeo", Francia no puede entrar en conflictos recurrentes con Alemania, pero tampoco puede aceptar las recetas que Berlín pretende imponer para superar la crisis y que significan transformar a Europa en el laboratorio de la deflación mientras se postula el fin del Estado de Bienestar y de la soberanía fiscal de los Estados.
Concluyendo. El laberinto europeo post-Grecia parece conducir a una Europa políticamente lejana y económicamente debilitada.
Fuente: www.clarin.com
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