ESTATALIZA QUE ALGO QUEDARÁ
El catedrático de la Universidad de Barcelona Tulio Rosembuj analiza la actual crisis económica mundial y hace un llamado a la inminente puesta en práctica de las políticas keynesianas.
La economía es impredecible. No hay ciencia más falsa que la ciencia económica. Y esto hay que razonarlo. La economía y sus cultores sirven para profetizar el pasado, pero son absolutamente incapaces de un diagnóstico del presente y, mucho menos, de prevenir el futuro. La glorificación de los economistas y de la economía responde a una falsa expectativa: son precursores de los sucesos que pasan y pueden orientar con certeza las decisiones políticas e individuales. No es así, aciertan por casualidad y se equivocan por sistema; ofrecen perspectivas que no se cumplen y olvidan riesgos que están a la vista.
La crisis económica global es una prueba irrefutable. Primero, sostuvieron que el problema no existía o era solo local (local quiere decir, ni más ni menos, que de los EEUU). Segundo, que si surgía una crisis sería específica del sector inmobiliario americano. Tercero, que Europa no tiene nada que ver con esa situación. Cuarto, que, en cualquier caso, olvídense de una recesión a gran escala ni a parangones abusivos de la crisis de 1929.
El análisis no económico catastrofista nos dice exactamente lo contrario. Es una recesión global, cuyo origen es el extrapoder de la banca y de las aseguradoras transnacionales, que, con la complicidad de las agencias de calificación, montaron una timba basada en la especulación de activos financieros, sin soporte real, material, físico, de valor constatable. Jugaron en el casino mundial, apostando al riesgo o creando el riesgo para apostar y ganar. digo catastrofista en un sentido muy estricto: que estamos al borde del abismo, del agujero negro, como resultado de la pura especulación financiera bancaria.
A cambio de desprenderse de riesgos bancarios, hipotecas de baja calidad, se inventan derivados financieros (credit default swaps) que sirvan para asegurarse de los riesgos transmitidos, que a su vez pudieran cubrir las pérdidas para los adquirentes de los riesgos en caso de incumplimiento. El problema fue que al convertirse el riesgo en mercancía, convenía aumentarlo para crecer en beneficios. En la economía de mercado, el llanto para algunos es la alegría de otros. Cada quiebra tiene sus beneficiarios y el derrumbe no golpea a todos por igual.
Basta un cifra espeluznante: el mercado de los activos financieros destinados a cubrir las pérdidas de bancos y titulares de obligaciones de las empresas que no pudieron afrontar su amortización paso en menos de dos años de 10 trillones a 43 trillones de dólares. Los que invirtieron al mayor riesgo pierden cuando los que recibieron el dinero no pueden devolver esas cantidades. Si tuvieran que hacerlo se produciría una quiebra general del sistema financiero, bancario, asegurador, de todo el mundo. La crisis no es solo de las hipotecas, ni es local; no es episódica, sino de fondo.
La geometría del riesgo es incalculable porque se trata de un mercado oscuro, a la sombra, fuera de cualquier disciplina legal o regulación transparente. Hay un mercado público financiero; hay un mercado oculto de criminalidad organizada y ahora emerge un tercer mercado oscuro de activos y derivados financieros.
Esto no era ignorado por los Bancos Centrales, tanto americano como europeo. Lo que pasa, volviendo al inicio, es que la economía no es ciencia ni arte, sino un folclore destinado a la justificación de la máxima riqueza. Y, por tanto, en esa lógica perversa, la máxima utilidad beneficia a todos. A mas abundamiento, las célebres y temidas Agencias de Calificación de riesgos otorgaban su beneplácito a productos financieros de instituciones incapaces de afrontar sus responsabilidades.
Todo el sector financiero está en la picota. No es creíble que lo que hubiera tentado a las grandes entidades americanas, suizas, británicas, francesas, no se hubiera extendido urbi et orbi como la bendición papal.
España, que con asombrosa frivolidad, niega la mayor: el final del milagro de la especulación inmobiliaria, está en el centro del huracán. Ahora comienzan las advertencias de la catástrofe cuando eran necesarias tiempo atrás. Ahora, hay augures que sabiamente despiertan de su somnolencia para informarnos del riesgo de tanto ladrillo en los balances de los bancos y cajas de ahorro. Loor a los economistas.
La catástrofe señala dos derrotas: el mercado de la promoción inmobiliaria y, aunque sea duro, el mercado financiero, bancario y asegurador. Las víctimas seremos muchos más.
Afortunadamente, si la crisis es como la de 1929, estamos en el siglo XXI. Esto significa que siempre nos quedará Keynes.
Una agresiva política de obras e infraestructuras públicas y una drástica reducción fiscal para las rentas del trabajo y de las actividades económicas permitirá encogernos hasta que pase la tempestad. Pero, no solo. Europa en su conjunto o cada Estado en su competencia deben asumir la regulación estricta del mercado bancario asombrado(a la sombra) y seguir la estela del Banco de la Reserva Federal americano, convenciendo u obligando al equivalente europeo a disminuir los tipos de interés del euro y prepararse para operaciones de salvataje de las entidades que ya no pueden evitar o impedir que la denominada crisis de liquidez se haya convertido en crisis de solvencia, antesala de la quiebra.
La pregunta académica, pero no por ello menos interesante, es cuanto de responsabilidad social corporativa hay en los cultores de lo que Buffet denominaba, correctamente, armas de destrucción masiva. ¿Quién debe asumir la crisis?. Está claro que aquí hubo quienes han obtenido el premio máximo y otros que no obtuvieron ni siquiera el de consolación. Pero, en el medio, las víctimas son todos los sistemas económicos y sociales y sus pueblos. Si es el Estado o los Estados los que deben afrontar la codicia del sistema financiero, para salvarnos de daños mayores; no es de rigor rechazar la estatalización, puesto que si se juega con el dinero de los contribuyentes no hay otro propietario con más legitimidad que el sector público para su utilización.
Falla el prestamista, falla el asegurador, ¿qué más tiene que fallar para que intervenga rápida y urgentemente el control público?
Tulio Rosembuj
Catedrático. Universidad de Barcelona.