Disímiles voces se suman en reclamo de la vuelta del Estado
Parecería ser que los momentos de crisis interna o externa constituyen puntos de inflexión para revalorizar el rol del Estado.
Así ocurrió en nuestro país, cuando a raíz de la profunda crisis que estalló en 2001, numerosos sectores, incluyendo aquéllos que se habían mostrado más entusiastas con la aplicación de las políticas neoliberales de los `90, coincidieron en demandar una mayor presencia estatal.
Y así parece ocurrir en el actual contexto internacional, en el cual la incertidumbre derivada de la crisis de las hipotecas en EEUU y sus imprevisibles consecuencias, ha generado un cierto consenso a favor del retorno del Estado, aún en actores históricamente antagónicos al mismo, como el Foro Económico Mundial de Davos, o quienes han lucrado históricamente con la inestabilidad de los mercados financieros, como es el caso de George Soros, uno de los más exitosos especuladores del planeta.
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3 de febrero de 2008
Vivimos la peor tormenta desde la Segunda Guerra
La crisis financiera mundial tiene muchas causas. La mayor, creer que los mercados pueden funcionar sin regulación alguna.
Por: George Soros
FINANCISTA Y EMPRESARIO
La crisis financiera desatada por el colapso de la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos señala el fin de una era de expansión crediticia basada en el dólar como la moneda de reserva internacional. Es una tormenta mucho mayor que cualquiera que haya ocurrido desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.
Para entender lo que está sucediendo, necesitamos un nuevo paradigma. Lo podemos encontrar en la teoría de la reflexividad, que propuse por primera vez hace 20 años en mi libro La alquimia de las finanzas. La teoría sostiene que los mercados financieros no tienden al equilibrio. Las opiniones sesgadas y los errores conceptuales entre los participantes del mercado introducen la incertidumbre y la imprevisibilidad no sólo en los precios de mercado, sino también en los principios que ellos reflejan. Cuando quedan a su libre albedrío, los mercados son proclives a extremos de euforia y desesperación.
A decir verdad, por su potencial inestabilidad, los mercados financieros no quedan a su libre albedrío; están a cargo de autoridades cuya tarea consiste en mantener los excesos dentro de límites. Pero las autoridades también son humanas y objeto de opiniones sesgadas y errores conceptuales.
Los procesos de bonanza y quiebra normalmente giran alrededor del crédito y siempre implican un prejuicio o un error conceptual. La reciente bonanza inmobiliaria norteamericana es un ejemplo.
Pero la súper bonanza de 60 años es un caso más complicado. Cada vez que la expansión crediticia se topó con problemas, las autoridades financieras intervinieron, inyectando liquidez y encontrando otras maneras de estimular la economía. Eso creó un sistema de incentivos asimétricos que alentó una expansión crediticia aún mayor. El sistema fue tan exitoso que la gente llegó a creer en lo que el ex presidente Ronald Reagan llamaba "la magia del mercado" y yo llamo fundamentalismo del mercado.
Los fundamentalistas creen que los mercados tienden al equilibrio y que la mejor manera de satisfacer el interés común es permitiéndoles a los participantes perseguir sus propios intereses. Este es un error conceptual obvio, porque fue la intervención de las autoridades lo que impidió que los mercados financieros colapsaran, no los propios mercados. De todos modos, el fundamentalismo de mercado surgió como la ideología dominante en los años 80, cuando los mercados financieros empezaron a globalizarse y Estados Unidos comenzó a tener un déficit de cuenta corriente. Desde 1980, las regulaciones se han relajado hasta casi desaparecer.
La globalización le permitió a Estados Unidos chupar los ahorros del resto del mundo y consumir más de lo que producía, y así es como su déficit de cuenta corriente alcanzó el 6,2% del PBI en 2006. Los mercados financieros alentaron a los consumidores a endeudarse introduciendo instrumentos cada vez más sofisticados y términos más generosos. Las autoridades favorecieron y alentaron el proceso al intervenir cada vez que el sistema financiero global estaba en riesgo.
La súper bonanza se escapó de las manos cuando los nuevos productos se volvieron tan complicados que las autoridades ya no pudieron calcular los riesgos. De la misma manera, las agencias de calificación se basaron en información proporcionada por los generadores de los productos sintéticos. Fue una asombrosa abdicación de responsabilidades.
Todo lo que podía salir mal salió mal. Lo que empezó con las hipotecas de alto riesgo se difundió a todas las obligaciones de deuda colateralizada, puso en peligro a las compañías de seguro y reaseguro municipales e hipotecarias y amenazó con desembrollar el multimillonario mercado de cobertura por riesgos crediticios. Los compromisos de los bancos de inversión con las compras apalancadas se volvieron pasivos. Los fondos de inversión que operan en todos los mercados terminaron no operando en todos los mercados y tuvieron que ser compensados.
El golpe final se produjo cuando el préstamo interbancario, que está en el corazón del sistema financiero, se desestabilizó porque los bancos tuvieron que economizar sus recursos y ya no pudieron confiar en sus contrapartes. Los bancos centrales tuvieron que inyectar una cantidad inédita de dinero y extender el crédito de un rango de cauciones sin precedentes a un rango más amplio de instituciones como nunca antes.
La expansión crediticia ahora debe ser seguida por un período de contracción, porque algunos de los nuevos instrumentos y prácticas de crédito son defectuosos e insostenibles. Es más, la capacidad de las autoridades financieras para estimular la economía está restringida por la falta de voluntad del resto del mundo de acumular reservas adicionales en dólares.
Hasta hace poco, los inversores pensaban que la Reserva Federal de Estados Unidos haría lo que hiciera falta para evitar una recesión, porque eso fue lo que hizo en ocasiones anteriores. Ahora, deben reconocer que la Fed tal vez ya no esté en condiciones de hacerlo.
Si se bajaran las tasas de interés más allá de un cierto punto, el dólar volvería a estar bajo una nueva presión y los bonos a largo plazo en realidad subirían en rendimiento. Es imposible determinar dónde está ese punto, pero cuando se lo alcance, la capacidad de la Fed para estimular la economía llegará a su fin.
Si bien una recesión en el mundo desarrollado ahora es más o menos inevitable, China, India y algunos de los países productores de petróleo están en una contracorriente muy fuerte.
En consecuencia, es menos probable que la actual crisis financiera cause una recesión global como un realineamiento radical de la economía global, con una caída relativa de Estados Unidos y el ascenso de China y otros países en desarrollo. El peligro es que las tensiones políticas resultantes, entre ellas el proteccionismo norteamericano, puedan desestabilizar la economía global y hundir al mundo en una recesión, o algo aún peor.
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2 de febrero de 2008
DEBATE
Davos pide más Estado
Por: Dominique Moisi
Fuente: POLITOLOGO, INSTITUTO FRANCÉS DE RELACIONES INTERNACIONALES
Este año, el Foro de Davos fue menos un barómetro que nos ayuda a comprender las tendencias mundiales que un espejo de las ideas, las inquietudes y los rumores de moda.
El peligro de Davos radica en su mezcla de clases llenas de palabrería y el mundo real de la política y los negocios. El conformismo fluye naturalmente de estos encuentros y crea un mundo en el que todos tienden a pensar parecido.
Lo que estuvo de moda en Davos este año fue pensar que la crisis refleja dos profundas tendencias globales: la primera, el declive de la influencia de Estados Unidos. La crisis de las hipotecas basura en Estados Unidos se percibe como algo que no hace más que acelerar el irresistible ascenso de Asia y el paso desde un mundo unipolar a uno multipolar, a pesar de que la crisis financiera generalizada también termine afectando el crecimiento asiático.
La segunda tendencia que se subrayó en Davos es el retorno al Estado. En el último número de Foreign Affairs, el fundador y presidente del Foro, Klaus Schwab, pregunta cómo las empresas pueden salvar al mundo. Sin embargo, con la crisis financiera colgando sobre las cabezas de los participantes de Davos como la espada de Damocles, la pregunta fue "¿pueden los Estados y las instituciones internacionales salvar a las empresas?"
El retorno al Estado, incluso si es el poder de la Comisión Europea para sancionar a Microsoft, estuvo en boca de todos y no hizo más que reforzar el creciente escepticismo acerca del mercado y la peligrosa avaricia de sus principales actores.
Esta tendencia, si es confirmada por la realidad, podría significar el fin de lo que simboliza Davos: un mundo abierto, global y transparente. En realidad, ¿está preparado el mundo para un regreso a las políticas proteccionistas y los reflejos nacionalistas? ¿Ocurrirá que la libertad y transparencia actuales, por haber producido resultados indeseados, terminen en un retorno a restricciones a los movimientos de bienes, personas y capitales?
Copyright Clarín y Project Syndicate, 2008.
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Detrás del Telón
Blog de Daniel Muchnik
Economista, periodista del Diario Clarín
Redefinición del modelo de Estado
Aunque el tema provoca cierto escozor en algunos ámbitos, la vuelta al Estado, a su reconstrucción, a la redefinición de las políticas públicas, está en el centro de la escena. Se escuchan propuestas al respecto, teniendo en cuenta que en momentos de crisis como los que vivió el país y por los que transita la economía mundial se ha reclamado a voz en cuello la presencia del Estado. Está claro que sin la intervención de la Reserva Federal, gran parte del sistema financiero norteamericano merodearía la bancarrota. El "libre albedrío" no ofreció ningún socorro frente a las desventuras de los negocios y la especulación.
Es el Estado nacional el que piloteó a la Argentina en los vaivenes del colapso del 2001 y las instancias posteriores. Se habla ahora con insistencia de la recreación de un Banco de Desarrollo que aliente proyectos industriales. Eso no es todo. Se trata de volver a montar una arquitectura de participación estatal después de décadas de desprestigio de su papel a cargo del Gobierno Militar desde 1976 y luego en los años noventa, con el menemato.
Pero, ¿qué Estado es el más eficiente para la Argentina? ¿Cuál debe ser su estructura, su perfil más adecuado? ¿Es el de finales de los 50 ó de los 60, donde se lo propuso, perfeccionado, para pilotear los desafíos del desarrollo que se esfumó por otras opciones políticas en los años que siguieron? ¿Es el que llevó adelante el Japón en su reconstrucción tras la Segunda Guerra Mundial, donde el Estado suministró los nuevos capitales que hicieron posible el boom industrial, asentado en una burocracia especializada? ¿El de Corea, donde el Estado mantuvo un papel decisivo en la estrategia industrial, en las inversiones de riesgo y en el fomento activo de las exportaciones? ¿O acaso sea posible un tipo de Estado como el de Brasil, donde el funcionariado se consigue más por conexiones personales que por idoneidad, pero donde se crearon "círculos de eficiencia", como lo fue la conducción del Banco de Desarrollo (BNDS)?
La Casa Rosada no estaría ausente en la búsqueda. En un trabajo editado por iniciativa de la Jefatura de Gabinete, incluyéndolo en el "Proyecto de Modernización del Estado" y con la intención de retomar un debate ausente, se reprodujeron los más relevantes estudios de especialistas de los últimos veinticinco años. Aparecen reflexiones acerca de una reforma imprescindible del Estado, de su lógica particular y de los mecanismos de control.
El tema comprende varios problemas a sortear. Uno es la delimitación del tamaño del Estado deseado. El segundo, la redefinición del papel "regulador" del Estado. Otro es una traducción no literal del término anglosajón "governance", que tiene que ver con la capacidad financiera y administrativa de llevar adelante las decisiones políticas. El cuarto factor se refiere a la capacidad o no que posee el Gobierno de garantizar la legitimidad y de intermediar en la lucha de intereses.
En la actualidad son varios los que advierten acerca de un "vacío institucional" en la Argentina, porque no se visualiza un moderno aparato estatal. El ciudadano paga ineficiencias con largas colas, respuestas vagas y malos tratos. En ese caso el Estado agobia en vez de colaborar.
Al que reclama se lo abruma con normas y leyes de alta complejidad, muchas de ellas contradictorias e impracticables. Pocas son las áreas que pidan profesionales formados en los mejores institutos universitarios, en donde se califica y se valora el mérito. Es decisivo sostener, frente a ello, que la eficiencia del servicio estatal, con pocas excepciones, es indispensable cualquiera sea el modelo de Estado que se elija.
El diseño de un país distinto, más apto y productivo sólo podrá ser con un servicio civil de excelente formación en la difícil tarea de mover cotidianamente al Estado. Y al mismo tiempo otorgar poder y relevancia a los Organismos de Control (Auditorías, Tribunales de Cuenta, Defensorías del Pueblo, Sindicatura). Otros países tienen Centros de Formación especializados. Es importante crearlos y respaldarlos.